¿Qué podemos aportar los santafesinos en esta pandemia?

Tal vez venían a recuperar aquello que había sido suyo, ese territorio ganado por la urbanización que debía dejarse en su potestad. Pero, en los hechos, un 29 de abril de 2003 las aguas entraron a la ciudad de Santa Fe; perdimos vidas, historias y hogares. La memoria de esa tragedia ha quedado impresa en el recuerdo de quienes lo vivieron, en muros, fotografías, en hitos físicos y emocionales.

Los santafesinos sabemos de qué se habla cuando se habla de catástrofe, de emergencias y precariedades, de buscar soluciones para salir adelante. De volver a ponerse de pie en la adversidad.

Por esta razón, quizás, podamos mirar la pandemia de otra manera. Sabemos que los desastres dejan al descubierto las desigualdades sociales y marcan claramente lo que nos falta para tener ciudades más inclusivas, integradas y sostenibles. Sabemos que algunos sufren más que otros, pero que todos se ven afectados por el impacto del evento. Sabemos también que la solidaridad emerge sin pedir permiso, pero no alcanza.

Necesitamos que se actúe con un enfoque que supere la emergencia. Es lo que se llama construir resiliencia urbana. Ese concepto que refiere a la capacidad de las ciudades, sus instituciones, sistemas y comunidades de seguir funcionando más allá de los impactos a los que están expuestas. Esa capacidad de aprender de lo sufrido y salir adelante, incorporando nuevos recursos.

Por ello, es importante que en la gestión de la emergencia se actúe con transparencia, brindando información clara de lo que pasa y dando a conocer los escenarios de riesgo; que se convoque a todos los actores, aprovechando el aporte de los expertos científicos y también la perspectiva de cada sector social para tomar las mejores decisiones.

Al mismo tiempo, es fundamental que se piense hacia adelante: cómo incorporamos esas capacidades que nos faltan, qué recursos debemos priorizar para estar mejor preparados ante este tipo de situaciones, cómo pensamos el día después con mayor fortaleza de manera de no volver a repetir errores que son dolorosos.

Los santafesinos también podemos aportar eso. En 2007, a cuatro años de aquella trágica inundación, sufrimos otra vez el impacto de las aguas, esta vez de lluvias intensas que pusieron de relieve que no se habían hecho las cosas bien. Los nuevos barrios construidos para las familias que habían perdido todo, volvieron a inundarse; las estaciones de bombeo no funcionaban, los planes de contingencia no estaban operativos; otra vez miles de evacuados, otra vez sufrimiento y dolor.

Entonces, tenemos que retomar esta experiencia y aprender de ella frente a la pandemia. No hay un manual que indique qué hacer: cada comunidad tiene sus particularidades, cada amenaza impacta distinto en nuestros territorios, la diversidad de nuestra región es elocuente en este sentido. Lo que sí hay son experiencias que funcionaron, lecciones aprendidas en otras catástrofes, buenas prácticas que pueden analizarse para que nuestras ciudades estén más preparadas.

Sabemos que hay que actuar en lo urgente, pero sin perder de vista lo importante. Tenemos que pensar el desarrollo de nuestras ciudades teniendo presente los riesgos a los que están expuestas, tenemos que mirar con un lente integral porque estamos ante problemas complejos que necesitan del aporte de todos. Tenemos que encontrar soluciones en forma colectiva, poner manos a la obra con inteligencia y empatía, identificar las fortalezas y las vulnerabilidades, coordinar los recursos organizativos, humanos y tecnológicos de manera ordenada para salir adelante. Diseñar planes pensando en construir resiliencia, para que los desastres no se repitan; para estar más preparados frente a éste y muchos otros desafíos que nos plantea este nuevo siglo.

Así, aquel trágico 29 de abril nos habrá dejado entonces un nuevo aprendizaje.

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